¿Por qué seguimos hablando del socialismo?

Luis Fernando Medina Sierra
Luis Fernando Medina Sierra

Profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III

A veces el tiempo es circular. Más de ciento setenta años después, volvemos a la época en la que «un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo” solo que en la era global de ahora los periplos del fantasma cubren todo el mundo. En días pasados, Steve Mnuchin, Secretario del Tesoro de Estados Unidos, dijo que su gobierno había logrado forzar la retirada del socialismo en el país. Análogamente, Jair Bolsonaro en su primer discurso como presidente prometió liberar a Brasil del socialismo. De no ser por la seriedad del momento, los socialistas del mundo bien hubieran podido lanzar una risotada. En cierto modo, el socialismo puede sentirse halagado. Que treinta años después del colapso de los experimentos de socialismo de Estado en Europa Oriental, todavía el rótulo sea capaz de generar tanto miedo entre sus enemigos es, a su manera, una hazaña histórica. Pero eso no quita el hecho de que el socialismo es ahora un fantasma: inspira temor así nadie pueda decir exactamente qué es ni dónde está.

Primero, sin negar los desastres y crímenes que ocurrieron durante el «socialismo real», el momento histórico que les dio origen ya no volverá. Segundo, algunos de los retos de nuestro tiempo hacen que cobren relevancia valores propios de la tradición socialista.

Pero no desaparece del todo. No deja de ser insólito que a solo treinta años de la caída del Muro de Berlín el socialismo siga generando entusiasmo y esperanza en algunos sectores, aún minoritarios pero dinámicos. Dejando de lado los usos oportunistas de la retórica, tal vez esto explique en parte la virulencia de la reacción de derecha ante un movimiento que, al igual que en 1848, a duras penas existe y tiene muy escasas posibilidades de llegar al poder. Para muchos, la pervivencia del socialismo solo se puede explicar como una patología mental colectiva. Solo una secta de ignorantes manipulados, liderada por personas que, por alguna razón inexplicable, quieren empujar sus países al desastre, puede ser tan indiferente a los desastres de la historia del socialismo como para declararse a sí misma socialista. Y, claro está, una secta de esa naturaleza, independientemente de su tamaño, inspira miedo.

Pero puede haber otra explicación. Aquí voy a proponer una, o más precisamente, dos fragmentos que, unidos, pueden formar una. Primero, aprender de la historia no quiere decir sumirse en la parálisis al contemplarla. Sin negar los desastres y crímenes que ocurrieron durante la época del «socialismo real» (aunque no sobraría también mirar sus éxitos…), un examen desapasionado podría mostrarnos que el momento histórico que les dio origen ya no volverá. Sea cual sea la forma que adquiera el socialismo en nuestro tiempo, va a ser muy diferente de lo que fue aquel. Segundo, algunos de los retos fundamentales de nuestro tiempo hacen que cobren relevancia nuevamente valores propios de la ya bicentenaria tradición socialista.

Prácticamente nadie en este momento, ni siquiera entre la izquierda más radical, está proponiendo seriamente un retorno a la economía de planificación central que estuvo en boga en los países comunistas.

Prácticamente nadie en este momento, ni siquiera entre la izquierda más radical, está proponiendo seriamente un retorno a la economía de planificación central que estuvo en boga en los países comunistas. En buena medida, aquel modelo surgió como respuesta a la necesidad de industrializar en muy poco tiempo, en medio de terribles conflictos militares y de un clima de crispación política sin precedentes, una economía como la soviética que en su historia pre-revolucionaria no había generado bases sólidas para la modernización. El costo humano fue colosal. Los crímenes que se cometieron en ese proceso fueron monstruosos. Los logros también fueron innegables, o lo serían si viviéramos en tiempos de análisis objetivo. La Unión Soviética logró erradicar el analfabetismo, masificar la educación formal, urbanizar, industrializar, electrificar e interconectar por ferrocarril una de las regiones más vastas e impracticables del planeta. Pero esos imperativos de modernización a toda costa ya no existen en prácticamente ninguna sociedad del mundo. Como decían sardónicamente algunos economistas, cuando el modelo estalinista llegó a su apogeo, la Unión Soviética tenía la mejor economía modelo 1890 del mundo. La planificación central de los tiempos de Stalin no tiene nada qué ofrecer para atender problemas apremiantes de nuestro tiempo como, por ejemplo, la degradación ambiental o la adaptación a cambios tecnológicos vertiginosos que ninguna junta de planificación podría controlar.

La lección de todo esto es que el socialismo ni puede ni debe ser incompatible con los mecanismos de mercado. Esto no quiere decir que una sociedad socialista deba permitir la operación de todos los mercados imaginables sin ninguna restricción. Si algo hemos aprendido en la última década, tras la crisis del 2008, es que hay activos financieros que deben ser regulados e incluso suprimidos. En los próximos años, los socialistas tendrán que debatir entre ellos cuáles mercados aceptar y cuáles no. Por ejemplo, ¿debe priorizarse la defensa del poder adquisitivo de los trabajadores, o la defensa de sus empleos? El primer enfoque prioriza transferencias de ingreso, el segundo prioriza límites a la destrucción de empresas. ¿Debe aceptarse que las plataformas digitales conviertan a los trabajadores en “autoempleados,” caso en el cual habría que repensar los modelos de financiación de pensiones y salud pública? ¿O por el contrario, deben ponerse límites a este tipo de disrupciones tecnológicas, generosamente financiadas por mercados de «venture capital»? No hay una única respuesta a estas y tantas otras preguntas. Distintos socialistas llegarán a distintas conclusiones. Lo que está claro es que la época en la que las autoridades estalinistas trataban de controlar pueblo por pueblo la distribución de salchichas y zapatos ya no va a volver.

Pero el socialismo de nuestro tiempo no es solo una amalgama de lecciones negativas del pasado. También tiene mucho qué decir sobre el presente y el futuro. Uno de los pilares normativos del fundamentalismo de mercado de los últimos treinta años es lo que, siguiendo a Friedrich Hayek, uno de sus más importantes exponentes intelectuales, podríamos llamar la «doctrina de los dos mundos.» Según esta visión, los ciudadanos de las sociedades modernas tienen que aprender a vivir simultáneamente en dos mundos: el microcosmos de su esfera personal inmediata, donde rigen valores interpersonales como la amistad, la reciprocidad, el mutuo respeto, y, por otro lado, el macrocosmos de la política y la economía, regido por una lógica propia, de reglas impersonales que escapan a nuestros humildes intentos de entenderlas y, por tanto, guiarlas.

Pero las fisuras de esta doctrina son cada vez más evidentes. Es verdad que las sociedades modernas son excesivamente complejas. Pero, por eso mismo, aquel macrocosmos que Hayek nos exhorta a que aceptemos como tal nos resulta día tras día más hostil y sobrecarga nuestras intuiciones éticas fundamentales. Las decisiones cotidianas de nuestro microcosmos están poniendo en peligro ecosistemas completos y, posiblemente, la continuidad de la especie humana. En una economía globalizada, nuestra comodidad de consumidores viene aparejada con la devastación de comunidades al otro lado del planeta. En el opulento mundo noratlántico se está reintroduciendo la esclavitud (aún sin reconocimiento formal), espoleada por guerras a miles de kilómetros.

La tradición del pensamiento socialista desde sus orígenes ha enfatizado los valores de la solidaridad y la responsabilidad compartida.

Así es muy difícil confinar nuestras visiones éticas y afectivas al microcosmos. Necesitamos modelos de cooperación social capaces de orientarnos en aquel macrocosmos que no podemos entender. La tradición del pensamiento socialista desde sus orígenes ha enfatizado los valores de la solidaridad y la responsabilidad compartida.

Durante el siglo XX los intentos por llevar esos valores a la práctica se apoyaron excesivamente en el Estado. En buena medida, esto obedecía a circunstancias históricas específicas. Por ejemplo, los saberes especializados necesarios para gestionar unidades económicas moderadamente complejas eran muy escasos, sobre todo en países con altos niveles de analfabetismo. Hoy en día, cuando ya está al alcance de la mano un mundo en el que la educación básica sea universal, cuando disponemos del sistema de transmisión de información más complejo jamás creado por el ser humano (internet), se puede pensar en sistemas de gestión colectiva y democrática que no necesariamente pasen por el Estado. La sociedad civil ya no tiene por qué ser simplemente el receptor pasivo de los resultados de decisiones tomadas por burocracias públicas o privadas eximidas de toda responsabilidad.

Si algo caracteriza a la producción de conocimiento es, precisamente, que requiere la solidaridad y la responsabilidad compartida que tan caras son al socialismo.

Es fácil desestimar todo esto como una serie de aspiraciones desligadas del mundo real. Pero una reflexión más detenida nos muestra un cuadro más complejo. Se habla mucho de la sociedad del conocimiento pero pocas veces nos tomamos en serio lo que esto implica. Si algo caracteriza a la producción de conocimiento es, precisamente, que requiere la solidaridad y la responsabilidad compartida que tan caras son al socialismo. El conocimiento resulta de una combinación delicada entre competencia y cooperación. En la generación de saber toda contribución es valiosa así su «valor de mercado” sea bajo. Un científico que se aventure por un camino que lleva a un punto ciego, le presta un gran servicio a los demás que ya no tienen que entrar por allí. Los mejores momentos de la producción de conocimiento han sido aquellos en los que los mercados y los estados conservan una respetuosa distancia, ejerciendo una función, por supuesto, pero sin suprimir la delicada red de prácticas cooperativas e igualitarias sin las cuales no se puede producir verdadero conocimiento.

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Así las cosas, los intentos de algunos por renovar el ideario socialista, por recuperar sus esencias de solidaridad y responsabilidad compartida, adaptándolas al mundo moderno, no son simplemente dislates de una secta que no quiso enterarse de lo que pasó en 1989. Son tal vez esfuerzos por articular una visión política acorde con tiempos en los que nos necesitamos mutuamente para poder generar el conocimiento, la comprensión y la justicia sin los cuales el mundo nos resultará cada vez más hostil, peligroso e incluso inhabitable. 

 

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