Seis desafíos de América Latina

Andrés Malamud
Andrés Malamud

Instituto de Ciencias Sociales, Universidad de Lisboa

Los seres humanos estamos viviendo la mejor etapa de nuestra historia. Nunca antes fuimos tantos ni tan saludables. Sin embargo, en Occidente creemos otra cosa: presentimos que, por primera vez en décadas, la próxima generación vivirá peor que la actual. Ambas cosas son ciertas: aunque Occidente lideró el progreso global en los últimos dos siglos, hoy son las sociedades no occidentales las que más crecen. Al mismo tiempo, en Occidente aumenta la desigualdad. Ante la acumulación de frustraciones y la deprivación relativa, es decir, la percepción de que a los demás les va mejor que a uno, la ciudadanía se rebela en las urnas y en las calles. Las democracias enfrentan tiempos turbulentos que, sin embargo, no serán homogéneos. El impacto será diferente entre la vieja Europa y los siempre renovados Estados Unidos, pero también entre ambos y América Latina, denominada por Alain Rouquié como Extremo Occidente.

Seis amenazas asedian a nuestra región. Recientes investigaciones de ciencia política nos ayudan a entenderlas y enfrentarlas.

1. La guerra

Si en las ciencias sociales existe alguna ley, la más aceptada es que las democracias no hacen la guerra entre sí. Algunos aguafiestas se entretienen buscando excepciones, pero lo cierto es que, en casi toda guerra que haya merecido ese nombre, al menos uno de los contendientes fue una autocracia. Esto es un buen augurio para América Latina, una región poblada mayoritariamente por democracias. Pero hay otra razón para la esperanza. En un artículo de 2017 titulado “¿Todo lo que sube debe bajar?”, Rosella Zielinski, Benjamin Fordham y Kaija Schilde argumentan que las razones para subir el gasto militar son diferentes de las que conducen a su reducción. ¿Cuándo aumenta el presupuesto militar? Cuando hay más amenazas y cuando crece la economía. ¿Y cuándo baja? Cuando se reducen las amenazas pero, sobre todo, durante las crisis económicas. El hallazgo más relevante es que las crisis tienen efectos más duraderos que el crecimiento. En otras palabras, las crisis económicas que asolaron a América Latina habrán producido más pobres pero también menos militares. Y sin ignorar el papel fundamental que cumplen las fuerzas armadas, también es cierto que las guerras son más improbables cuando no hay con qué disparar.

2. La irrelevancia democrática

El sentido común y la academia coinciden en una cosa: la economía suele definir las elecciones. Las recesiones favorecen a la oposición y el crecimiento al gobierno, porque los electores lo responsabilizan por el desempeño económico. Esto es cierto en los países centrales, en que el resultado de las políticas públicas depende sobre todo de causas domésticas. ¿Pero qué ocurre en los países dependientes, aquellos en los cuales la economía depende de factores externos? En un artículo de 2016 titulado “Éxito presidencial y economía mundial”, Daniela Campello y Cesar Zucco muestran que, en América del Sur (atención: no en toda América Latina), la popularidad de un presidente y sus chances de reelección dependen de dos variables que le son ajenas: el precio de los recursos naturales y la tasa de interés internacional. El precio de los recursos naturales determina el valor de las principales exportaciones de estos países, y es fijado sobre todo por el crecimiento de China. La tasa de interés determina la disponibilidad de capitales para la inversión extranjera, y es fijada sobre todo por el banco central de los Estados Unidos (la Fed). Así, cuando los recursos naturales están caros y las tasas de interés bajas, los presidentes se reeligen; cuando se invierte la relación, la oposición triunfa. Esta dinámica tiene efectos negativos sobre la democracia, porque buenos gobiernos pueden ser expulsados por culpa de los malos tiempos mientras malos gobiernos se mantienen en el poder gracias a vientos que no generaron. Probablemente, la salida para este dilema de la democracia no sea mejor información política sino más desarrollo económico.

3. El populismo

Comencemos con una aclaración: el populismo es un fenómeno que se manifiesta en democracia. Regímenes como el de Nicolás Maduro en Venezuela o Daniel Ortega en Nicaragua no son populistas sino autoritarios. Esto dicho, la exacerbación del populismo, entendido como la concepción maniquea de un pueblo explotado por una oligarquía, puede corroer y, en casos extremos, terminar con la democracia. En un artículo de 2018 titulado “¿Los pobres votan por la redistribución, contra la inmigración o contra el establishment?”, Paul Marx y Gijs Schumacher publicaron los resultados de un experimento realizado en Dinamarca, pero no es difícil percibir lo bien que viaja a otras regiones. En él muestran que los electores de clase baja votan por razones diferentes a los de clase media y alta. Sorprendentemente, la causa no es la inmigración: sobre esa cuestión no hay discrepancias. Lo que distingue a los pobres es su propensión a votar en contra de los partidos establecidos y de los políticos de carrera aun en perjuicio de sus propios intereses, por ejemplo, avalando propuestas de retracción de las políticas sociales. Este descubrimiento contradice parcialmente el punto 2 recién presentado: cuando se enojan, los pobres no votan con el bolsillo. Los partidos democráticos están en peligro si no entienden que la rabia puede más que el interés.

4. El separatismo

Parece que ocurrió hace siglos, pero fue hace pocos años que un movimiento con base en Santa Cruz de la Sierra proponía independizarse de Bolivia. En América Latina el separatismo nunca adquirió el encanto que tiene en Europa, aunque conviene recordar que las feroces guerras civiles brasileñas del siglo XIX lo tuvieron como causa. La bandera panameña también recuerda lo que puede ocurrir cuando una potencia extranjera ve sus deseos insatisfechos por los países existentes. En una región en la cual China ingresa subrepticiamente mientras Estados Unidos retrocede a disgusto, no puede descartarse la probabilidad de que regiones periféricas, en colusión con gobiernos extranjeros, pretendan autonomizarse de sus capitales. Este riesgo se potencia por la gran extensión de los países latinoamericanos, pero sobre todo por su diversidad interna. En un libro de 2003 titulado “El tamaño de las naciones”, Alberto Alesina y Enrico Spolaore postulan una tensión entre dos factores: la escala y la heterogeneidad. La mayor escala conviene por razones económicas y de seguridad: cuanto más grande el país, más eficiente su mercado y más poderosa su defensa. Pero con el tamaño aumentan también las diferencias internas. Esto dificulta la toma de decisiones y puede deslegitimar, por presunta o real parcialidad, las normas colectivas. En consecuencia, el tamaño de los países resulta del equilibrio entre los beneficios de la escala y los costos de la heterogeneidad. Si una comunidad política es demasiado grande, las diferencias internas acaban quebrándola, como aconteció con la Unión Soviética, el virreinato del Río de la Plata y tantos imperios. Si es demasiado pequeña, serán fuerzas externas las que la destruyan o absorban, como ocurrió con las ciudades-estado griegas, los principados y repúblicas italianas y Cataluña. Aunque en América Latina la amenaza del separatismo es baja, la presencia creciente de potencias extra-regionales (muros estadounidenses, bases espaciales chinas, desfiles militares rusos) podría alimentar tensiones y paranoias.

5. La desintegración regional

Este punto viene con trampa, porque no puede desintegrarse lo que no se ha integrado. Y en América Latina la integración regional es un discurso que no echó raíces. A pesar de algunos avances en la coordinación de políticas y la circulación de personas, las fronteras latinoamericanas siguen siendo caras y duras. Las fronteras formales, eso sí. Porque donde la región ha avanzado mucho es en la integración informal, aquélla que no realizan los tratados sino los bandidos. Las tres áreas en las cuales las sociedades latinoamericanas más se han integrado son la corrupción, el contrabando y el narcotráfico. En las tres, pero sobre todo en la primera, hay activa intervención estatal; en las otras dos el estado es responsable pero, sobre todo, víctima. La cuarta dimensión de la integración también será informal, también involucrará dinero y también tendrá impacto político: se trata de la transnacionalización de las religiones organizadas. Las religiones evangélicas, en particular, consolidarán sus redes regionales beneficiadas por su acceso al poder en dos países clave, Brasil y México. Si los estados nacionales no fortalecen la vigencia de la ley y la capacidad de implementarla en todo su territorio, la integración latinoamericana será, cada vez más, un asunto de predicadores y delincuentes.

6. Venezuela

L@s politólog@s tradicionales asumimos al estado como dado y estudiamos el poder en términos de régimen político. Así, cuando vemos un régimen autoritario esperamos que en algún momento colapse y dé inicio a una transición democrática. Y creyendo hicimos creer. Ahora la mayoría de los venezolanos espera que el gobierno de Nicolás Maduro se termine, sea por golpe interno o por intervención externa, y la democracia reconstruya el país. Pero la democracia es un mecanismo para elegir al chófer que manejará el auto del Estado, y en Venezuela ese auto no tiene motor. La economía venezolana no produce el 80% de lo que consume, incluyendo alimentos y remedios, y sólo produce petróleo – y cada vez menos. Dado que Estados Unidos, su principal socio comercial, se tornó autosuficiente en gas y reduce a ojos vista su dependencia del petróleo extranjero, su interés en la reconstrucción venezolana es inferior a los costos que podría acarrear. Así, de los tres países que tienen recursos suficientes como para reinventar un país, sólo China y, en menor medida, Rusia podrían tener interés de hacerlo – y con condiciones leoninas. Los escenarios que se abren para la República Bolivariana son dos, y ninguno incluye una transición democrática exitosa. El primero es una colonia de hecho, en la que una potencia extranjera ocupa los campos petroleros con población propia y se apropia del territorio pagando un alquiler. El segundo escenario es Zimbabwe, un país devastado en que autoritarismo e inflación conviven sin horizonte a la vista.

La tragedia venezolana podría ser, paradójicamente, una bendición para los vecinos que se beneficien de una oleada de migrantes calificados y trabajadores. Quizás algún día Venezuela deje de arar en petróleo e ideología para reinsertarse en una región que, con todos sus problemas, nunca produjo holocaustos ni guerras mundiales. Mientras tanto, el régimen bolivariano seguirá funcionando como un recetario de todo lo que no hay que hacer.

 

 

3 Comments
  1. Sinceramente, un artículo pobre y de mala calidad. Como latinoamericano me siento totalmente defraudado con este trabajo, porque comienza con una falacia: «Los seres humanos estamos viviendo la mejor etapa de nuestra historia. Nunca antes fuimos tantos ni tan saludables.» Si bien ha habido muchos avances en disciplinas como la medicina, el problema principal es la distribución del ingreso, lo que ocasiona que en varios países – entre ellos los latinoamericanos – hayan reaparecido o se hayan incrementado enfermedades evitables – o sea, que se pueden prevenir con un adecuado plan de saneamiento ambiental – . Además veo muchas citas de autores e investigadores «no latinoamericanos» y referenciados a otras regiones distintas de las que se pretende hacer un análisis. Eso en Argentina, mi país espoliado y degradado por la gestión – deplorable y cipaya – macrista actual, se denomina «sanata». Simplemente, incoherencias sobre un tema que debería ser más serio. Caso contrario, me gustaría que el autor se dé una vuelta por Latinoamérica o por Sudamérica, y verá que las cosas son muy distintas que verlas desde un escritorio. Para finalizar, y dado que no me gusta perder mi tiempo en estas situaciones, trate de hacer un análisis más serio y crítico, sobre todo por lo de Venezuela. Mientras los «genios pseudoacadémicos» escriben pavadas como estas, hay gente que sufre y muere por bloqueos de las potencias de turno, cuyo fines son simplemente económicos ( sencillamente, porque los que pregonan sobre el libre mercado y la democracia occidental y judeo – cristiana ejercen acciones violentas de todo tipo – . En resumen, y como decía mi abuelo: «zapatero, a tus zapatos».

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